Los minaretes por encima del muro

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... y de ver los minaretes de Ramallah, en Palestina, detrás del muro construido por Israel, y teniendo presente las vivencias de sendas misiones a Arabia Saudita y al Yemen, se imponen algunas reflexiones, que quizás nos ayuden a comprender mejor los conflictos y la situación que se vive en estas agitadas tierras de Medio Oriente.

 

 

 

Por lo pronto, hay que distinguir entre la realidad de hoy en los emiratos y en el resto del mundo árabe. Kuwait, Bahréin, Qatar, la Unión de Emiratos Árabes y Muscate y Omán, constituyen realidades totalmente distintas a la del resto de los países de la región. Muy ricos en petróleo y/o gas, con muy poca población original y con regímenes políticos feudales: todo el poder es de los imanes y de unas pocas familias, y cuando hablamos del poder, hablamos del poder político, religioso y económico. En todos ellos, la función del Jefe de Estado es hereditaria o se resuelve en consulta entre los jefes de las principales familias, generalmente todas miembros de la misma tribu; quien ejerce la función de Imán, designa y remueve ministros y altos funcionarios por decisión propia; y la familia “reinante” o quienes le son próximos, controlan estrechamente a las fuerzas armadas.

 

Los pocos cuerpos colegiados con funciones legislativas tienen limitada capacidad de decisión propia –generalmente son órganos consultivos- y los que hay, están constituidos por miembros de las principales familias y unos pocos elegidos por el “voto popular”.  El rol de la religión es importante, pero los religiosos no tienen el poder político con que cuentan en Irán (que obviamente no es país árabe) o en Irak, pero sí disponen de inmensas y bellísimas mezquitas, casi todas de construcción muy reciente. La Justicia tiene mayor o menor grado de independencia del poder político, según el país, pero la última palabra la tiene el Imán (“fuente de toda razón y justicia”, diríamos nosotros).

 

 

 

El gas y el petróleo pertenecen a la élite gobernante, y generalmente lo manejan a través de concesiones y de empresas extranjeras a las que están asociados. También les pertenecen las tierras –en realidad, grandes parcelas de desierto- sobre las que están surgiendo increíbles ciudades, pensadas para el futuro, levantadas por arquitectos e ingenieros de los más reputados estudios mundiales. Son ciudades en las que reinan el orden, la limpieza e incluso la belleza. Con calles y autopistas impecables, bordeadas de canteros de flores y con vehículos que no pueden circular si no están en adecuadas condiciones mecánicas y de limpieza. El cuidado del medio ambiente es una consigna proclamada desde el poder y practicada por quienes allí habitan. El caso más paradigmático es el de Muscat, que pretende ser la segunda ciudad más cuidadosa del medio ambiente del mundo, después de Singapur.

 

 

 

Dubái cuenta con una “Ciudad de Internet”, en la que ya se han instalado todas las grandes empresas del sector “electrónica y telecomunicaciones”. Y a su lado está surgiendo aceleradamente la “Ciudad de los Medios” de donde se supone que saldrá la futura competencia a Al Jazzira, la poderosa cadena de medios catarí. Allí también ya están en marcha varios proyectos de vehículos eléctricos y auto comandados, incluyendo un “auto volador”, que sería el vehículo del futuro.

 

En la vecina Abu Dhabi, inmensamente rica en petróleo, el esfuerzo está puesto en el prestigio del que es portador el arte y en el turismo que atrae. Han pagado 230 millones de euros para poder usar el nombre y parte de los recursos del Louvre, en un museo que será inaugurado el año próximo, y el Guggenheim de Abu Dabi promete superar, por lo menos en lo arquitectónico, a todos los restantes museos de ese prestigioso nombre.  El turismo ha pasado a ser una industria de gran importancia en la mayoría de estos países.

 

 

 

Los sectores más modernos y “progresistas” de las familias reinantes, también participan de los negocios inmobiliarios y comerciales o de prestación de servicios que han surgido asociados a este desarrollo. Ello se ve facilitado por la regla vigente en casi todos ellos, de que los extranjeros no pueden poseer más del 49% de ninguna empresa. Esta norma no se aplica en las llamadas “zonas francas”, ya creadas por Dubái y Omán, para facilitar la llegada de empresas extranjeras que pueden tener el control total de sus subsidiarias locales.

 

 

 

Ahora bien: “ciudadanos” con derechos políticos como los entendemos en “Occidente”, son solo los originarios del país y a ellos está reservada la administración pública y las fuerzas de seguridad. El resto, son inmigrantes, con mayores o menores derechos para residir permanentemente, aunque con obvias diferencias de un país a otro. Diferencias que, en gran medida, es posible que estén dadas por la relación entre población autóctona y extranjera. En los EAU los inmigrantes, permanentes o temporarios, deben ser entre el 80 y el 90% de la población.

 

En Muscate, son algo más del 50%. Muy estratificada, por otra parte: egipcios, bengalíes y paquistaníes en la construcción; filipinos, -y especialmente filipinas- en el servicio doméstico y la hostelería; indios en el comercio, en el transporte y en muchas profesiones liberales, desde la medicina a la logística. Muchos europeos y norteamericanos, y algunos australianos, en el manejo de la hostelería y de las funciones más delicadas en diversos sectores. Y un número creciente de rusos –y rusas- para atender a la importante masa de turistas adinerados provenientes de su país.

 

 

 

La fuerte presencia extranjera, la vinculación con las grandes empresas mundiales en todos los sectores, el envío regular de sus hijos (e hijas) a las grandes universidades norteamericanas, inglesas o alemanas y sus vínculos con el pasado colonial británico, si bien han “globalizado” a las élites gobernantes, no les han impedido mantener en pie sus sistemas de vida y gobierno tradicionales.

 

 

 

Cabe señalar que, salvo en Bahréin, donde la minoría reinante es “wahabita” (a igual que en Arabia Saudita) y la mayoría de la población es de origen “chiita”, en ninguno de estos países existen –o se perciben- mayores problemas religiosos ni disputas políticas que puedan a corto plazo afectar el poder monolítico que ejercen las familias dominantes. La provincia de Dhofar, en Omán, que cuenta con una importante población rural de una fuerte ascendencia africana -dado que Dhofar fue en el pasado un poderoso reino con presencia en las costas de África del Este y principalmente en Zanzíbar-, también fue alcanzada por las turbulencias de la “primavera árabe”.

 

Sin embargo, es probable que las reivindicaciones de entonces hayan sido superadas gracias a la represión y a la creación de un nuevo puerto –administrado por una empresa danesa- que ha generado miles de puestos de trabajo y que se ha convertido en uno de los mayores centros de distribución de contenedores de la península arábiga, y a la creación de una “zona franca” que ha dado lugar al surgimiento de un gran centro industrial con proyección en los países vecinos.

 

 

 

La mayor prueba de estabilidad política en la región, son el Sultán Qaboos bin Salad, de Omán, que heredó el poder de su padre en 1970, y el Sheik Hamad al Sharqui, que también heredó el poder de su padre y gobierna en el Emirato de Fujaira desde 1974. El Sultán Qaboos no tiene hijos, por lo que designará a su sucesor entre tres de sus sobrinos; si estos no se pusieran de acuerdo para respetar la voluntad del para entonces fallecido sultán, los jefes de las principales familias (posiblemente miembros de su misma tribu) y el ejército, tendrán que designar al sucesor.

 

 

 

Un aspecto interesante de esta región, es la estructura política de la Unión de Emiratos Árabes. Estos son siete, de los cuales seis poseen, en diferentes cantidades, abundante petróleo y gas en un territorio totalmente desértico. El séptimo, Fujairah, carece de petróleo y su territorio es montañoso. Abu Dabi es el más rico en yacimientos y le sigue Dubái.

 

Estos dos, ceden parte de sus recursos a los restantes, en particular Abu Dhabi, por medio de proyectos “federales” que permiten una más equilibrada distribución de la riqueza entre los restantes miembros de la Unión. Por ejemplo, para compensar a Fujaira por su falta de recursos, pero también por razones de costos y de seguridad, hoy se está construyendo un oleoducto que permitirá que el petróleo de los restantes emiratos salga por el puerto de Fujaira, que es el único de puertos de los emiratos cuyas costas están en el golfo de Omán.

 

De este modo no será necesario cargarlo en los puertos del golfo pérsico, ni pasar por el Estrecho de Ormuz, una de cuyas costas es territorio iraní. Pero esta generosidad tiene su contrapartida en el hecho de que la capital de la Unión y la presidencia del cuerpo colegiado que la gobierna, pertenecen al Imán de Abu Dabi. Ahora bien, las leyes aprobadas por el órgano legislativo de la Unión, predominan sobre toda ley de cualquiera de los emiratos, incluido las decisiones individuales de cualquiera de los siete emires.

 

 

 

Cabe señalar que la situación de Israel se asemeja en varios aspectos a las de los emiratos. Autopistas en todas direcciones; congestiones en los accesos a las principales ciudades; barrios de elevados edificios surgidos alrededor de las grandes ciudades; los campos explotados hasta el extremo, con riego por goteo y coberturas de media sombra; centros industriales, muchos de construcción reciente; grandes centrales de generación eléctrica al borde del mar; mucho comercio con tiendas de las grandes empresas internacionales, tanto en vestimenta como en electrónica. Limpieza, orden, mucha gente joven, y movimiento por todas partes. Llaman la atención la abundancia de judíos ortodoxos, fácilmente identificables por su vestimenta. Si no fuera por este último detalle, podría decirse que estamos en un país que se asemeja, hasta por los modelos de los autos que se ven, a lo que era Suiza hace unos diez años atrás.

 

El primer contraste con los restantes países de la región lo encontramos en Jordania, país carente de petróleo y que posee como único recurso natural, las arenas del desierto, la belleza de unos pocos lugares históricos –la Petra de los nabateos, en particular-  y un poco de fosfatos que salen por el puerto de Áqaba.

 

Jordania es un país de beduinos, y aún hoy es posible ver sus tiendas y sus rebaños de camellos, cabras y ovejas en medio del desierto. En las zonas montañosas, plantan especies forrajeras para sus animales, aprovechando todo espacio libre de rocas y siguiendo en forma circular la conformación de la pendiente, para retener la mayor cantidad de agua posible. Sin embargo, el cemento avanza, y ya no es extraño ver tiendas de beduinos, semi sedentarizados, apoyadas en rústicas paredes de material.

 

Bajando de la zona montañosa y yendo hacia el sur, camino de Medina, el contraste del desierto con las montañas surgidas de la tierra como volcanes cónicos esculpidos por el viento, hacen del Wadi Rum una zona cargada de belleza y de enigmas. Es allí donde Lawrence de Arabia reunió en 1917 a las tribus beduinas, antes de iniciar su marcha hacia el norte, para enfrentar, durante la gran rebelión árabe, a las fuerzas del Imperio Otomano.

 

Allí comenzó una alianza entre los beduinos y los ingleses, que se consolidó cuando Abdulá, jefe de la tribu de Hachem, designó al General Allenby al frente de su ejército en la guerra contra Israel en 1948. Y que se mantiene hasta el día de hoy, con sus sucesores al frente del Reino Hachemita de Jordania, garantes de que el Reino Unido contará, mientras ellos estén en el poder, con un punto de apoyo estratégicamente importante en la región. Esta es, probablemente, la mayor riqueza del Reino, carente de otros recursos.

 

 

 

El segundo contraste nos lo da Egipto. Es la otra cara de Medio Oriente: la pobreza rural y urbana, expresada en la precariedad de las viviendas, en la vestimenta de la gente, en los medios de tracción –desde el carro tirado por burros hasta el carromato cargado de caña de azúcar y tirado por un tractor milenario-, en los plásticos esparcidos por los campos y en los animales muertos tirados al borde de los canales de riego. Sorprende la imagen de suciedad y abandono que predomina a lo largo de los caminos y en las calles de algunos pueblos.

 

Recorriendo el centro del país y navegando a lo largo del Canal de Suez, surge con claridad la naturaleza esencialmente agrícola del país. Del Nilo se desgajan cientos de canales que permiten el riego y la producción en enormes porciones del desierto. La caña de azúcar, el arroz, la avena, incluso la alfalfa, cubren con su verde grandes franjas a lo largo de esos canales, desde los que se bombea constantemente el agua hacia acequias de tierra, rara vez consolidadas. A su vera surgen pueblos, a veces ciudades. Algunas de esas ciudades son de reciente construcción o están siendo construidas para albergar a una población que crece a un ritmo alucinante. Ese es uno de los mayores problemas que enfrenta el país: la tasa de natalidad se ha disparado, han desaparecido las políticas de control de la natalidad y no hay recursos que alcancen para dar educación, vivienda, y especialmente empleo, a los jóvenes y a quienes van dejando de serlo.

 

Por eso la emigración es una de las principales alternativas con que cuentan los jóvenes: Arabia Saudita, los emiratos, a veces Europa, son destinos inevitables para quienes no tienen otra posibilidad en su propio país. Por eso los ingresos provenientes de las remesas de los emigrantes igualan o superan a los ingresos que generan el Canal de Suez -50 barcos diarios con algunos que deben oblar más de medio millón de dólares de derecho de tránsito- o el petróleo del Sinaí, o los que generaba el turismo antes de la “Primavera Árabe” y de los atentados de los fundamentalistas en Lúxor.

 

 

 

Proteger las fronteras de un conjunto de vecinos en guerra (Libia, Sudán, Palestina) y del riesgo eventual de Israel; proteger el Canal, fuente indispensable de recursos; tratar de dar la imagen de que se cuida al turista del riesgo de nuevos atentados; y, además, mantener el orden interior ante el riesgo de atentados como los que provoca regularmente el ISIS (contra las iglesias coptas, por ejemplo) o del levantamiento de la población disconforme o movilizada por los “Hermanos Musulmanes” y otros grupos fundamentalistas, han convertido a Egipto en un país totalmente militarizado, con un  grado de presencia militar equivalente a la que se ve en Israel, pero diferente.

 

En Israel se percibe más el riesgo externo (está del otro lado del muro y puede penetrarlo) y la presencia militar se ve en los puntos donde hay un contacto con el vecino palestino (los puestos de control están en cada uno de los incontables puntos de pasaje de uno a otro lado de la frontera). En Egipto, en cambio, el riesgo está por todas partes, pero sobre todo dentro del propio país. Por eso abundan los puestos de control a lo largo de los caminos, en algunas zonas, cada diez kilómetros, con torres y refugios blindados, dotados de ametralladoras pesadas y retenes de numerosos soldados, que no dejan siempre la imagen de rigor y preparación que uno espera de gente de su profesión. Y en las ciudades, en cada bocacalle importante, un civil con una Kaláshnikov.  El Canal de Suez, por su parte, está totalmente protegido por destacamentos militares a todo lo largo de sus casi 200 km.

 

 

 

Sin embargo, no se puede analizar la situación de ninguno de estos países sin tener presente lo que sucede en el resto de Medio Oriente: la guerra  civil en Siria; la siempre conflictiva situación en Palestina; el intento de ISIS por crear el Califato y la lucha en Irak –pero también en Siria- para terminar con el sangriento intento de dar a luz a ese engendro fundamentalista; el conflicto potencial que puede originar la consolidación de los grupos militares kurdos en Irak y en Siria y el recrudecimiento de las acciones del PKK en Turquía, dirigidas a la creación de un eventual estado kurdo abarcando territorios de esos tres países; la interminable guerra civil en el Yemen, donde la llegada de Trump ha dado nuevo empuje a los bombardeos norteamericanos; la consolidación de un nuevo “gobierno de unión nacional” en el Líbano, acompañado de la consolidación de Hezbolá como una fuerza militar capaz de enfrentar a Israel; las luchas internas en Turquía, de incierto final pero que, por ahora, están dando por resultado el avance de los poderes dictatoriales de Erdogán y el vuelco de alianzas provocado por su gobierno, convertido en nuevo aliado de Rusia; y finalmente, la incertidumbre sobre el futuro de Irán, acerca del que Trump no ha tenido aún tiempo de expresar sus objetivos, más allá de las condenas efectuadas durante la campaña electoral, y posteriormente, al acuerdo sobre el control del desarrollo nuclear de ese país.

 

A este conjunto de conflictos religiosos, tribales y políticos, se suma ahora el espectro del riesgo de una nueva “Guerra Fría” entre la Federación de Rusia (heredera, hoy más que nunca, de la URSS) y los Estados Unidos. Todos estos factores están incidiendo y condicionando la vida y las decisiones políticas en todos los países de la región.

 

 

 

Sin embargo, si no fuera por este nuevo trasfondo de enfrentamiento entre aquellas dos grandes potencias, estaríamos inclinados a decir que en Medio Oriente se vive un conflicto que pone, de una parte, a una serie de países que quieren proyectarse hacia el futuro, apoyándose en su pasado –a veces milenario-, sin abjurar del mismo, pero teniendo en claro que el proceso de globalización y el avance científico, tecnológico y económico en el que descansa, no solo es inevitables, sino que constituye una oportunidad para aportar más bienestar a sus pueblos. Y otros, que quieren resistirse a ese proceso y aspiran a colonizar el futuro con su pasado, a veces glorioso, pero pasado al fin, y otras veces, cargado de derrotas, frustración y humillaciones, como las que deben de sentir quienes miran el horizonte desde los minaretes del otro lado del muro. El mayor problema, es que muchos de estos aspiran también a colonizar con su propio pasado el futuro de los demás. Y que intentan hacerlo por la vía de la violencia, tal como resuelven sus propios conflictos internos.

 

 

 

Juan Carlos Sánchez Arnau

Doctor en Economía y Ciencias Sociales en la Universidad de Friburgo, Suiza.  Embajador Extraordinario y Plenipotenciario.   Profesor universitario en instituciones del país y del exterior. Autor de numerosas publicaciones especializadas.

fuente grupoayacucho.com

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